La muerte que nos convoca

Y como no tenemos más a donde ir asistimos a una de las salas de velación, allí somos testigos de la hipocresía en su máxima expresión cuando las lágrimas de cocodrilo son insignes y el dolor demostrado con el puño en el pecho, y lo que más nos asombra es que a pesar de que acá en este país la muerte se ensaña con todo el mundo no se haya creado una cultura al rededor de la muerte y por tanto estas escenas actuadas no se repitan. A estas instancias el César, nuestro faraón, emperador o dictador toma la palabra y ebrio del sueño como está por no haber dormido 3 días insolente replica a los asistentes sus vestidos todo negros tristes al igual que sus corazones y se burla de los fatuos escotes de las damas que no dejan ver ni los lunares entre sus tetas. Antes que los hombres de la seguridad privada del lugar aparezcan el César se ha echado a la bolsa la sortija nibelunga del muertico y ha manoseado a la hija del difunto y a su viuda. Y como es característico en nosotros somos expulsados con energía como si alguna vez no fuésemos a volver en forma de dolientes o de cadáveres.

 

 

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