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Lo absurdo de lo ajeno

César Vélez

Yo nunca pedí ni defendí algo como de mi propiedad, todo es ajeno y ni siquiera tiene dueño.

Alexis se pelea por su vieja, una peli teñida con ínsulas de grandeza. Sale perdiendo y se la quitan, se conforma con una petisa de buena conversación. Yo amanezco solo y sin dolor de cabeza, Alexis en cambio tiene los labios hinchado de tanto beso, la mujercita resulto una sádica en la intimidad. Una chiquilla se despega de la ventana de una casa para saludarme, dice que es “la coneja”, pero no es ella, es su hija, porque la coneja era una Puta apreciada, tenía el secreto para que el hombre solo durara dos minutos adentro de su vagina, succionaba con su boca igual que con su vagina. Pero la hija era apenas una adolescente que según los chismes de la comarca debería contar con las mismas facultades de la madre, y los machos esperaban solo que cumpla la edad legal. Luego de despedirnos de la “coneja hija” Alexis me dice que la doncella huele a pura hormona, habrá que esperar un octubre más. Pobre “coneja mamá” tendrá que vender cara la virginidad de su hija o al menos tendrá que defender con su vida a los que la acechen, serán ejércitos de insurrectos chiquillos que desearán probar el postre. Pobre el que se enamore, y pobre el que diga eso es mío. Lo ajeno no es de nadie, habrá que aprender a tomar, poseer un momento y abandonar después. Es la vida.

Un viaje en el tiempo

El Tapita

– ¿Por qué usas ese estúpido traje de conejo?

– ¿Por qué usas ese estúpido traje de hombre?

Donnie Darko

Uno gana tiempo, y otro lo pierde o la vida, la mentira de esto, la sustancia que no se detiene que siempre deambula como el cauce de un río. El tiempo que pasamos viajando tripulando nuestro cuerpo y en el que la mente va conduciendo, la mentalidad de que vamos para un sentido siendo que ya regresamos. La triste relatividad que hace que en otro planeta dure apenas un día, y en otro unas cuantas horas, “todo es gravedad y luz” dijo el maestro y yo le agregaría “y nada”. Tejemos tantos acertijos para darnos el gusto de otorgarnos importancia, y mientras ello lograr la aceptación en sociedad. Debería ser la vida otro estado de la materia cuyas cualidades sean su debilidad y su egoísmo, y también la fragilidad y la ignorancia.

 

 

Un cálido reflejo solitario

Charlie

Uno es dueño de un espacio que nunca le pertenece.

Eran los años noventa, cuando la vida valía lo que una bala, y el acelere de una moto no significaba afán, sino que alguien marcaba calavera, era condenado a muerte. Era desconfiar hasta de la sombra porque a veces los mismos verdugos le tapaban el sol. Algún día de esos se me antoja comprar un libro, cosa para mi un lujo, en primera instancia porque no tenía estabilidad económica y en segundo lugar el destino del libro tanto como el mío era incierto porque no tenía en dónde guardarlo. Sin embargo el deseo de comprar el libro se me inyectó como una espina. Y estuve frente al Librero dos horas sin decidirme entre un ejemplar de el Nombre de la rosa de Umberto Eco y una Biblia con los Evangelios Apócrifos analizados. Ya cansado el Librero de mi presencia e indecisión sacudió el polvo de unos libros, tomé el libro de Eco, un tomo grueso y también se lo sacudí en la cara y le pagué y me fui. Iba entrando al barrio con ínfulas de intelectual cuando un trueno suena y el cielo esta despejado pero lo que aclara es la balacera. Casi como por instinto arranco a correr con el libro casi escapando de mi mano cuando siento que el mismo Diablo me lo quiere arrebatar y lo atrapo, minutos después, a salvo entre paredes, respirando agitado bebo agua y enciendo la linterna para leer, pero frente a la luz se revela algo que no puedo dar crédito, una bala ha perforado el libro e incluso yace incrustada en la página 115 como indicando un párrafo o una palabra. Esto no es ningún milagro, pero de haber comprado la Biblia a esa hora la tal bala no yacería en el libro sino quizá en mi propio cuerpo, y entonces el libro no sería tan necesario ya.

 

Una prostitutita

Charlie

Se me hace un nudo en el estómago ver a reales niñas vendiendo el cuerpo, más si caen en el dilema de que sus padres les obligan o en definitiva se han fugado de la casa y es la única alternativa que tienen. Un tipo gordo y grasiento las busca, se saborea, y se mete al antro con una chiquilla que sorbe los mocos, la nena sale al rato con signos de haber llorado, y el viejo verde se frota las manos y dice “se le sentían las costillitas”. Otras adolescentes se ponen vestidos y se maquillan para parecer más maduras, otras usan rellenos para que los clientes crean que ya merecen. Y lo paradójico de todo es que terminan su jornada y se van a sufrir a su casa. Sus entrañas sanan pero sus mentes jamás.

El sendero del malo

Charlie

– A mí, señor Juez, me hicieron pecar que es distinto – César Vélez

Uno es un desobediente. Mamá no quería esta vida para mi. Uno a estas alturas ya no sabe cómo contentar a un padre o a una madre. De no saber si morirse o casarse que para la familia de uno viene siendo igual, uno adopta la pose del explorador, sin embargo y como el bien no sienta, ni combina con la pinta, hay que fingirse malo. Y es tema de las borracheras y las recochas: “Que mira que yo le hice la vuelta a esa china”. “Que ve que yo le pedí prestado a ese man y nunca le pagué”. “Qué yo nunca me dejaría meter los dedos a la boca”… Uno ya se cree las propias mentiras y termina creyendo que la vida debe salir de ese escenario solapado, digno y de moral única para pervertirse en cosas que desde temprana edad repiten los infantes: hambre, hambre, hambre. Y eso era lo que intenté hacer intentando decir la verdad pero siempre quedaba mal, porque frente a una chica le declaraba mis reales intenciones y la muy digna manzana fruncía el ceño y me dejaba con el siguiente verso en la boca. Hay que declarar que a punta de mentiras la vida es menos aburrida.

Las armas ajenas

Charlie

El dilema no fue tanto ser infiel en el amor, sino equivocarse al disparar.

En un ritual un Cura bendice nuestras armas. Unas latas que disparaban guisantes condimentados por el olor a pólvora negra. Mi arma era un revólver del calibre 32 corto que hacía mucho ruido y pecaba de inexacto después de los tres metros, a penas lo estrene tirando al blanco se le despegaron las cachas y del tambor salían chispas como arma de fogueo. En una de esa tretas por poco pierdo un dedo cuando a un giro del tambor caliente se me viene enredando un dedo y por la explosión mi piel queda quemada y dolida. Cuando el auge de la guerra y la tecnología vinieron con sus armas automáticas lo primero que pensé es que habían inventado la forma de que el arma escoja su víctima sin la intervención humana. ¡De malas! debe haber odio o violencia de por medio e inclusive amor, porque el amor mata también inclusive en mayor cuantía que balas, porque para disparar una bala se necesita un arma, y para el amor una mujer o ya ni sé.

 

Un puente al todo

Charlie

La vida va para el frente pero encuentra en todo un puente que merece decisión, cruzar o en total lanzarse al río.

Alexis siempre miraba abajo, su dama de turno le exige atención pero él nada. Presumo es que el fresco de la tarde altero el licor que bebimos. Yo beso a mi dama y el beso me sabe a vicio. El amor es una tontería inventada por los que no soportan la soledad. Es como prohibir algo y luego a oscuras hacerlo. El sexo vienen siendo un deporte de contacto a veces extremo. Alexis no se ahorra más, compra una botella y no nos convida, esta convenciéndose de algo: entre más licor más bonita la mujer y la vida. O quizá no. El estomago me suena, prefiero saciar mi hambre con unos trozos de carne ensartados en un palo de madera que llaman “pinchos”. Alexis y su fémina ya no se quieren y se separan, se convences que toda fuerza de atracción les sobrepaso. En últimas también despacho a mi dama en un taxi, al último le pregunto su nombre: ¡Dina!. Alexis esta demasiado ebrio para caminar bien, lo llevo mientras recita una de sus joviales poesías, llenas del sarcasmo monumental. Abajo de un puente nos resguardamos de la noche, del frío, de la luz artificial y de la sociedad que quiere embriagarnos de realidad para que le secundemos sus apatías.