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Un dios para lo eterno

Charlie

Entre uno más envejece va dejando por el camino cosas que al final ya no necesitará. Lo que se gana es el tiempo.

Uno hace méritos para que la casualidad le encuentre, ojalá el dinero fuese así. Conforme vamos contemplando el deceso nuestro miedo va en ascenso. Alguien debería advertir que vamos cuesta abajo y por tanto vale aprovechar, alguien debería ganarse algo de cielo considerando hacer buena obras. Pero la religión apaga toda codicia en bien del prójimo, los faldudos faranduleros solo desean la compasión y las limosnas. Quieren exorcizar nuestros miedos con paraísos fantásticos y un Dios que no se sabe a ciencia cierta en dónde es que vive. Debería existir un dios para cada cosa que parece eterna: dios para las piedras, dios para el ámbar, dios para la miel, dios para las cucarachas. Para el hombre basta solo saber que tiene su tiempo contado.

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A morir nos vamos todos

Charlie

Llevo ocho días constipado y todo lo que puedo hacer sin que me duela es respirar. Para colmo el César se vuelve a la pelea y por defender su causa me gano un golpe en el ombligo que me tiene con esa fea sensación de que por dentro te carcome algo. Pero la noticia la da la medialuna de César “mataron al partisano”, corrimos pero no alcanzamos a ver el espectáculo, porque algunos se creyeron la trama de que el pelado era inmortal y por eso lo recogieron aún después de los seis disparos y lo llevaron a urgencias. Ya lo vimos en su caja todo acomodado y elegante. El César que nada se tomaba en serio le puso al cadáver una flor entre la oreja y la sien. La hermana del partisano estaba inconsolable, solo se midió en su llanto en cuanto César y yo estuvimos al frente de ella. “Júrame que esto no se queda así” le dice al César con voz de mando, pero César muy despacio le explica que el partisano no era alma de devoción y que todo lo que pasó fue porque él se lo busco. La mujer queda con los ojos bien abiertos y en cuanto ve que nos dirigimos a la salida, nos grita “pensé que eran amigos”. César se pone pensativo y al final elige salir a la calle a buscar pelea, apuesta y pierde y se gana su paliza, le recojo medio tuerto del piso con cara de espanto y vamos así al hospital para que nos curen a los dos, a César de los golpes y a mí de esta sensación en el estómago. “¡Tranquilos! dice el Médico que todos vamos a morir tarde o temprano”.

Nuestro deber se llama revolución

Charlie

Al César le encuentran en el bolsillo una caja de chicles y una de condones, yo me hago responsable del arma que esta en su cinto. La enfermera me ve con desconfianza y esta pensando en llamar a la Policía. La convenzo de que somos de los buenos. El doctor dice que el César o está ebrio o es un buen actor. Sin embargo se convence de la gravedad cuando aplica la aguja a la vena y el cuerpo ni responde. A propósito resulto que la enfermera era una buena niña y me concedió una pieza de baile medio erótico en un rincón oscuro donde no llegaba el color blanco, ni el olor del cloro.  El César solo reacciona ante un choque eléctrico dirigido a su corazón de hurón. Pagamos la cuenta y nos vamos a cambiar de vicio y de drogas, a tratar de morirnos con el menor dolor posible, el mundo ya está enfermo y nosotros parecemos ser su mal. Hay que hacer una revolución en el “orden” imperante.

Esperar te vuelve sabio

El Tapita

Yo aspiré a pasar desapercibido y procuré desordenar todo, mal o bien lo dice la frase “el caos es un orden aún por descifrar”  Lancé los dados, seguro de que esto no era el final, diferí mi destino, en el amor, el dinero y quizá la salud. Quiero morir primero para nacer después.

El Charlie se acuesta y se duerme en la fuente al sonido de el agua que se vierte. Hay demasiada gente pululando sin saber si su vida es original o no. ¡Qué dilema!. El César nos cuenta de episodios suyos detrás de las rejas y nos dice que el anhelo de libertad hace que el tiempo concurra lento y por lo tanto el pensamiento fluya como una cascada hacia la ansiedad.

Es lo mismo que hacemos siempre, esperar, y así podemos describir muy bien la realidad que nos atañe. No importa cuanta distancia hayamos recorrido, solo la espera nos hará sabios.

 

Cae la noche y también nosotros

El Tapita

Charlie escupe un cartel político. El César y su aerosol le acaban de acribillar. César además pinta un auto que está mal parqueado. Un oficial nos señala la pared para una requisa. Nuestros papeles no están en orden, no hemos prestado el servicio militar obligatorio, ni presentado el exámen del ICFES. El oficial nos deja ir y se queda los centavos que encuentra en nuestros bolsillos rotos. Charlie desde lejos grita una consigna en contra del sistema y corremos por si al oficial le da la goma de seguirnos. No es así. Encontramos a la Maga Celeste fumando su tabaco y diagnosticando un feo porvenir, también nos deleita con su voz en una canción hippie en contra del curso de la humanidad. Mientras los demás cenan nosotros catalogamos la demente osadía de los seres que se pierden la vida.  El César le acaba de pintar las ventanas a un auto y resulto ser de la autoridad. Los agentes nos arrestan a los cuatro y nos conducen a la estación por el delito de irrespeto a la autoridad, hasta que no pagamos los daños y lavamos la patrulla no nos dejan libres.

Relatos Mínimos 4

El Tapita

En la revista Playboy de Abril sale una descomunal chica provista de la altura y el cuerpo perfecto además se podría decir que su cuerpo huele a manzanilla por efecto del champú. El tendero se enfurece “aquí no es biblioteca si la quieren ver la compran”. No le hacemos caso, pero de repente vemos como el deseo se cumple a nuestro favor, viene una hermosa chica rubia caminando de afán y arrastrando una niña que parece también un ángel. Entonces ¿Para qué revista? si nos vamos siguiendo el sueño. La mujer y la niña llegan hasta un auto elegante donde les espera un señor de porte caballeroso, que les da dinero y les despacha. Es cuando al César se le ocurre preguntarle al caballero: “¿cuánto vale tener una esposa así?”

Relatos Mínimos 3

El Tapita

Un boxeador amateur me desacomoda la quijada.

Pero lo más grave pasa cuando ruedo por las escaleras y voy pensando por ejemplo en el título de mi próximo libro y en si la futura mujer que amaré será más bella que la anterior.

Pensar es una maldición.

Imaginar es más sano.

Mi risa se deja brotar como sangre, mi contrincante detesta pelear con alguien que no coloca el interés suficiente: no hay odio, ni nada.