Las alas de la amistad

Alexis Mendoza

Me ahogo y una mano me saca, debo aprender a nadar o a volar pero no las dos. Quiero tener la posibilidad de ensayar ir al cielo.

A César le va mal en el amor, será por esa manía de ser sincero con sus novias y decirles al oído que las quiere para meterles la tripa.

César se toma todo con la seriedad del Pastor que invoca sus Santos.

Yo ya no aguanto el incienso, soy como un espanto atormentado y eso atrae mucho a las chicas, porque piensan que me pueden manipular a su antojo, yo les acompaño a medirse las medias veladas y de paso a comer helado con coco.

Pero yo no cambio el amor por la amistad. Ni loco. Si el César me necesita para alguna movida allí estoy así la novia me prometa cien besos.

El amor se puede acabar en medio de una discusión por nada, en cambio la amistad está allí intacta, es más fiel y más entregada.

Yo quiero tener la valentía para decirle a una nena linda que prefiero su amistad antes que su amor, porque en el amor uno se debilita y después de todo se pierde el respeto.

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Hay que morirse a veces

Alexis Mendoza

Yo no soy nadie superior a nada, yo soy la osadía del universo que dio forma a una bola de pelos y mocos.

En la obra de teatro yo soy Peter Pan el niño que se niega a crecer, Campanita es la chica más linda, y en un parlamento le tengo que hacer un guiño y amagar un beso, cosa que no es que cause conmoción porque todo es simulado. Faltando una semana para estrenar la obra el César que me ayuda a sostener la cuerda para que yo pueda volar de a mentiras y la soga se vence y yo caigo de bruces sobre el tablado. El César se muere de la risa y yo del golpe me retuerzo en un dolor intenso. Mi cuento con Campanita va más allá, ya me besa en serio y de una ensayamos para la obra, es una nena tan tierna que ya la siento metida en el personaje. Hasta que el César y yo de tanto vagar comenzamos a legar tarde a los ensayos y la Tutora me halla reemplazo. Peter Pan no va, y otro besara a Campanita, a parte le indico a la Tutora las cicatrices por andar intentando volar como Peter Pan, no le conmueven y tampoco la honda herida en mi corazón porque estoy enamorado de Campanita. No se lo toma en serio y en cambio me acusa de llevar la actuación a otra escala de la perversión. El día anterior a estrenarse la obra el César y yo armados cada uno con un galón de gasolina desatamos el fuego quemando el escenario y echando por tierra todo arte teatral. Allí viendo el humo desde lejos entendí que los sueños mueren primero y que a veces es importante comenzar de nuevo.

La última ronda

Charlie

El César levanta la copa y bebe su contenido, hace cara de no gustarle el sabor, adivino no es licor sino agua, la astucia nuestra versa en eso, embriagar a las damas para que hagan el espectáculo. Pero esta vez las damas se desgajan en la trivial disputa feminista sobre el poder que les toca ejercer para no desnudarse y tirarse voraces a nuestros lechos. Nuestra culpa yace en la elemental guerra de pareceres, de amores furtivos y la ruleta de amarguras, las chicas nos inducen con sus pareceres, con sus cremas de pata de ganso, con sus esencias y colonias llenas de feromonas y especias hipnóticas. Y luego ellas no quieren que terminemos en un orgasmo feliz entre sus piernas que tienen la fuerza de un cascanueces. Si hemos disparado en medio de la confusión y el miedo, si aún no sabemos si hemos asesinado con frialdad a alguien menos sabemos si por la magia hemos ocasionado que un óvulo y un espermatozoide se encuentren en los 2/3 del conducto del útero, la desdicha es tampoco saber será nuestra suerte pagar por los muertos y los vivos, y si lograremos asistir a esa última ronda, en donde nos veremos sin balas y sin esperanzas, y no podremos suicidarnos ni pensar en otro destino, tendremos solo que llenarnos de paciencia a esperar el juicio final y luego irnos como si todo fuese una jugarreta de las cosas que pasan porque si.

Los buenos van primero

Por Charlie

Me estoy sintiendo fatal, me deprimo, nada me llena, el licor pierde su sabor, la mujer me ahoga con sus lociones y olores, el dinero se me hace sucio. Acudo al Padre Antonio en la búsqueda de algo nuevo, la humanidad esta perdida, hoy hay un nuevo criminal suelto, una nueva mujer deseando el cielo a costa de la esclavitud de su prójimo. Presiento el Padre Antonio tiene un sermón al respecto, nada cierto, solo la espera a que la luz se haga en mí. A mis cuarenta y tantos años esperar puede ser sinónimo de enfermar y morir. Mis abuelos murieron de setenta años entonces puedo decir que me quedan treinta y no sé a ciencia cierta qué hacer para que tal tiempo no me coja sin saber para dónde ir. Me he vuelto fatalista en lugar de paciente, parece que todo se me encharca en el alma, miro a la juventud como a la amenaza del mañana y no contemplo una salida negociada a esta paz. El Padre no me dio un sermón, solo me sugirió paciencia, – no tienes qué hacer nada – me dijo, y yo vi que estaba destinada mi vida a grandes cosas, y no tendría que esperar treinta años para hacerlo, todo se sucedía a una velocidad vertiginosa.

El animal de costumbres

Charlie

Don Primo no podía ver mujer sin desnudarle con la mirada, es la cosa de la naturaleza, que le da dientes a quien no tiene pan.

Convencimos sin embargo a César de asistir con don Primo a un Show de media noche donde señoritas de dudosa reputación se quitarían la ropa y quedarían como vinieron al mundo.

Pero oh! por Dios, quien es el que se mete en camisa de once varas, don Primo no escarmienta con nada, apenas las chicas muestran sus pechos, don Primo empieza a decir sobre lo mal nutridas que están las hijas de Eva, y lo huesudas que se les ve y no alcanzaría para el caldo. Pero don Primo, es que falta por ver lo mejor. Pero el viejo no se desalentó, les vio la entrepierna pálida y exenta de carnes, como si a las pobres danzantes les hubieran acuchillado de en medio y no tuvieran qué otra cosa mostrar.

Don Primo está desencantado, dice que las bailarinas estuvieron escuálidas, que esas mujeres no soportarían un parto normal y que menos tendrían la energía en la cama para dar un buen amor, les acusa de presentarse insolentes y rapaces, artistas en el arte de hacerse las débiles para que los otros les financien sus antojos. ¡Qué difícil es hoy encontrar una buena mujer!.

Sin embargo nosotros nos divertimos y procuramos dejar buena propina, y como animales que somos preferimos a una escuálida mujer que a quedarnos solos, y como Poetas vislumbramos la necesidad urgente de hallarle reemplazo al amor como ardid para lograr terminar acostados lo que empezamos de pie. Amanecerá y veremos.

 

 

 

Yo sigo solo y a pie

Charlie

Una carta me sindica de ser un mal empleado.

Una mujer me abofetea por no tener el dinero suficiente.

Una sociedad me sindica de ser un ser obsoleto, digno de una mención de la derrota y abstracción absoluta, soy el pecador por excelencia.

Lo mismo me da que me despidan, que me desprecien, estoy algo loco y la sociedad me sindica de ser un ser abstraído.

Para este fin de mes no tendré dinero, ni mujeres, ni pieza. A lo menos tendré debajo de mi brazo un libro y tantos recuerdos.

Quizá lo más elegante de todo eso sea cuando en el trabajo alguna Secretaría perdida me pregunte y diga a su Jefe inmediato – Pero él era el único que sabía hacer eso – o de pronto alguien me eche de menos porque yo era carismático y hacía reír a las personas.

Yo llegué a perder la esperanza hasta que veo en mi buzón una carta en donde además de felicitarme por mi desempeño laboral me adjuntan un bono por mucho dinero. Así que todo fue una eventualidad, salgo con mis pesos a contentar a la mujer y a la sociedad y a reivindicarme por completo, algo debo estar haciendo bien ya que al parecer hago lo que las plantas: nazco, crezco, me reproduzco y luego moriré.

El Aviador y las Estrellas

Por Alexis Mendoza

Sabes que es un loco en cuanto le ves con los ojos perdidos y esa idea turba de lo que es la realidad, se interesa por otras cosas tan distintas por ejemplo un ojal o un papel que llega volando. Al Aviador lo encontró César fugado de su Centro Médico Psiquiátrico, llevaba su escarapela con la advertencia de que era un paciente violento. Lo adoptamos como a un hermano y le llevamos a comprar ropas y a ver a las chicas bañarse en el río. Jamás fue más feliz, hacía ruidos, gritaba, a veces parecía tener que decir algo más importante que todos nosotros, le sindicamos de tonto, pero era más listo. Portaba un sombrero de orejeras de aquellos que portan los pilotos alemanes y por eso le bautizamos como el Aviador, le devolvimos a el Instituto con la esperanza de que mejorará y algún día nos diera la sorpresa de ser la persona más cuerda del planeta. Allá nos decían se la pasaba viendo las estrellas con la certeza de que él fuese el reflejo de una de ellas y no al revés.