Un cálculo siniestro

El Tapita

En Burdeland las chicas de bien entraban sanas y salían con sus vientres hinchados y a los nueve meses gestaban la esperanza del mundo.

Para que haya una nueva vida debe haber también una muerte repetía yo, con el propósito de que estos eyaculadores precoces enfundaran de una vez por todas sus armas, no fue así. Por el contrario un clima hormonal derivaba en un desorden psicológico, las chicas de repente abrían sus piernas deseando por lo alto el sexo no tanto por el orgasmo, pero si por el asunto de probar si eran leales a su raza de madres y abuelas de lucha. Y aunque ignorantes a lo qué se condenaban seguían e insistían que la vida debería merecerse por encima de lo que otras mujeres decían: condenar al sufrimiento a esa nueva criatura. El mundo se mecía entre vida y muerte a cada segundo sin embargo la raza humana parecía desconocer ese tránsito, menos entenderlo como parte de una evolución que hacía diferente y escapaba de lo aburridor del hábito y la rutina.

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No seremos eternos

El Tapita

Una bala quieta me parecía fría, delicada, fácil de descifrar no representaba un peligro, era una obra maestra de la geometría y la química trabajando juntas.

A mí me gustaba bromear con eso de que tarde que temprano a todos nos va a tocar sino una bala, una enfermedad o en honor a lo que algún viejo sin peste decía “la muerte súbita”

Y a César todas las novias le llamaban a decirle en la mañana que le habían soñado muerto, y él sensato les decía que para eso es que se nace. Tuvimos tres noticias sobre su muerte todas falsas: la una que resultado de una brujería se había deprimido tanto que se lanzo de un edificio de veinte pisos, la otra que había sufrido un atentado y la última que simplemente hizo el amor y se le quedo parado fue el corazón. Y con todo ello siempre acogimos ese destino innegable como un tema de soldados dispuestos a aceptar a cada paso el riesgo que significa la vida.

 

Antes y después

César Vélez

El tiempo viene y lo aplasta a uno con sus cansancios y decepciones, por ejemplo ver que las chicas de ayer hoy padecen por no sostenerse bellas, pese a una gama nutrida de cosméticos y pinturas, y todo en su cuerpo se arruga como si alguien ajustara el puño y les despreciara. Al menos uno salva su orgullo diciendo que aún puede mantener en firme su erección. Pero el otro día me asusté sobremanera al apenas si cumplir el deber de cama con una dama, me hallé débil y sin calma. El Profesional de la salud quiso ocultar su sonrisa y de una me acribilló con la cosa de que nunca me formularía las pastillas azules, en primera instancia por mis dedos torcidos que evidenciaban una falla cardíaca y en segunda, porque sospechaba de que yo era un depredador sexual. Me diagnostico un trastorno de estrés y ansiedad con una emulsión en gotas que me hace dormir en el acto, y no es lo que quiero, por lo tanto y con la premisa de que uno se muere por algo distinto a lo que sufre soborno a un residente Médico para obtener una fórmula completa de pastillas azules.

Los dioses que olvidamos ser

Charlie

César fue agregado a la nómina del clero al ser monaguillo, pero excretado de sus bases por cometer diez pecados; el primero de ellos dormirse para llamar a la misa de madrugada con las campanas. Un segundo pecado era vender el agua bendita en lociones tónicas y botellitas dizque milagrosas para la cura de enfermedades raras e incluso la quita de vicios y embarazos no deseados (esto último con una fama inmensa). El tercer pecado el de quitar la virginidad a tiernas niñas con los hisopos que se usan para encender velas. Un cuarto Pecado consistía en dormirse en el confesionario y confesar a damas prominentes con argucias para que revelen sus intenciones rosas y preferencias vulgares. El quinto pecado era bailar por entre el humo del incienso danzas árabes. Del sexto al décimo pecado todo era desacato por cuanto César no tenía el acta de bautizo, ni de comunión, ni de confirmación, decía que nunca se casaría y que para su muerte le valdría más un vaso de vino que un buen confesor.

Las deudas contraídas

César Vélez

Una moto envenenada arranca en la esquina el chico de atrás iza su arma plateada y dispara, los fogonazos despiden chispas, y el sonido hace eco, agregue a la velocidad de las balas la de la moto… se me enfría el alma al ver tanta sangre, el sicario era un tipo entrenado porque no causo ninguna otra víctima, la gente se hace la misma pregunta que siempre ¿por qué lo mataron?, y la respuesta sigue siendo la misma de siempre: deudas. Y pese a que el tumo corre como fuego por toda la ciudad los que deben ni escarmientan, es más la gente sigue pidiendo dinero sin tener con qué pagar. La gente pide con la excusa en el bolsillo, y una clase de rencor con el mundo que les hizo pobres. Este muerto mañana será olvidado y la gente por algunos días pasará por la acera de enfrente y luego ya no, tendrá atención por un tiempo y luego volverán a escuchar la moto acelerando en cualquier esquina y entonces quizá piensen “se lo merecía”… Dios vuelve la cuenta a ceros.

El tiempo que nos sobra

Emilio Súarez

Por tres años nos ausentamos de todo viendo a la realidad como espejismo, a las mujeres como un peligro inminente, y a la vida como esa posibilidad de administrar el tiempo al antojo o hacer mucho o poco. Si salvar alguna vida o de todas maneras andar librando del suplicio de vivir a aquellos malos elementos sociales. De todas maneras uno ya ni sabe si a la vuelta de la esquina le espera una rendición de cuentas que le ponga de patitas en el cielo o el infierno. No podemos con la contingencia de no encontrar un lugar padecemos los síntomas de la inconformidad y la rutina ante un mundo que esta cronometrado para ir al precipicio, en las oscuras aguas exentas del licor encontramos profetas hundidos en su ensimismamiento que precisaron que ningún tiempo nos sobra y que estamos en el momento justo para emprender lo que se pueda soñar.

Leyes y vidas

César Vélez

Al Aviador lo tumban de una, yo intercedo diciendo que mi amigo es enfermo de la mente… la autoridad nos tira a su auto, el Aviador llora pero no es por el dolor sino que no sabe lo que ocurre. Yo me deleito escupiendo y blasfemando sobre el gobierno, cualquiera que sea, el opresor y el oprimido en cuatro ruedas. El Aviador es más cínico sufre un ataque de ansiedad se orina encima… Ya sabrá señor Sargento lo que le corre pierna arriba… Nos vuelven a bajar por la fuerza, el Aviador se pone violento, vuelvo a decir que es un paciente psiquiátrico fugado, le pegan en la entrepierna y le reducen, ya no hay nada que hacer ha llegado su Abogado, lo dejan libre con destino al Sanatorio mental, mientras a mí me explican que la Ley preserva la vida y me ponen entre rejas para según ellos pueda ser una mejor persona.