Todo lo ajeno

César Vélez

Un eructo y el paladar rasposo.

En un potrero arrendo la porción para los amantes que no tienen para pagar un motel, yo vigilo por si la autoridad o algún mirón… bueno al mirón le puedo cobrar para dejarle espiar y de paso aprenda algo… yo sé que las hijas de Eva fingen su orgasmo porque le temen a los ciempiés. Tengo una linterna con la que ubico a las parejas que se someten al encanto natural del amor… Alexis me trae la clientela más selecta, incluso me trae una faja de condones de dudosa calidad y caducidad que vendo de a pares por si se pierde en la oscuridad. También vendo el agua para lavarse las manos después de pecar, más que todo a los creen que con eso de la asepsia salvan algo. Moñas para el pelo, mentas y vaselina componen mi surtido. Alexis no se pierde detalle de las siluetas que serpentean como víboras y me advierte que a los que se queden a dormir tengo que cobrar el triple. Al amanecer los grillos apagan su canto, y las hormigas sacan corriendo a las últimas parejas que me tiran los billetes con olor a mierda… Alexis proyecta los ingresos y se convence de que no hemos obtenido lo suficiente, sin embargo le advierto que las parejas en medio del afán han dejado olvidado muchos artículos, revisamos y hay billeteras, joyas, dientes de oro y uno que otro condón usado.

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