La delgada línea en que tú no estás

Alexis Mendoza

Voy a mear y una araña baja desde lo alto y se me pega en el prepucio recogido, en el glande, ojalá me picará para que mi pene se haga más grande, así como te gusta a tí. Pero la araña sabe mi desespero, tira su red y se balancea mientras yo altero el chorro para no bañarla, le respeto, tanto que su cosquilleo con su hilo me ha acariciado de tal forma que en lugar de orina tiro es mi líquido seminal y hasta uno que otros espermatozoide. Soy muy de buenas, no puedo embarazar así a una araña. Y ¿Por qué sé que se trata de una araña?. Es mejor pensarlo así. Delicadamente tomo el hilo que la mece y la llevo a la pared, allí se queda expectante a lo que haré en seguida. – Pues arañita iré a la otra habitación a tomar por su araña a la hembra más linda de la localidad – Y allí si el esputo orgásmico se hace realidad. De tanto expeler líquido me he quedado deshidratado. La araña se ha posado en la toalla y esta feliz, puso sus huevecillos y ahora se eternizará en el tiempo y el espacio, sufre sin embargo por sus crías. La hembra se cansa de tanto sexo y quiere quitarse el pegajoso semen del cuerpo (de afuera y de adentro), se va a bañar y se seca con la toalla en donde estaba la arañita, no sé de ella hasta que me despido de la hembra de dos patas que me estrecha e un beso de mejilla como si nos conociéramos de hace poco, al besarle veo que la arañita esta feliz en el hoyo de su oreja, allí tendrá a sus crías y quizá sobreviva a toda esta loca vida. Adiós linda de ocho patitas.

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