Un signo de admiración

César Vélez

Me hice ladrón por culpa de Robin Hood y su lema de quitarle a los ricos para darle a los pobres, pero en el camino pensé que eso no cambiaba en nada la realidad de que unos tengan y otros no. Mejor apelé a la consciencia de los ricos a hacerles entender que hay una única vida y una sola muerte, y que de todas formas uno es que nada se lleva: ni autos, ni hijos, ni libros. Pervertí ese orden insistiendo en que la sociedad estaba enferma, que los niños eran iniciados en los ritos del sexo, en que el amor solo era una excusa y un protocolo para negarse a madurar a la realidad, en que la academia estaba desde luego equivocada pregonando en demasía el teorema de Pitágoras y ese viejo hacia rato se había muerto. La ciencia estaba cometiendo el delito que cometió la religión, insistía en una guerra farmacológica, en tomarse la píldora del día después “antes”, en colocarse crucifijos entre las piernas para que el caldo primigenio no pase de allí, y ahora se comenzaba a explorar más allá y con el auge de los lubricantes el sexo se hacía por detrás de una parte negándose la procreación y de otra yendo en contra del principio natural de la digestión que dice que eso es para salir y no para entrar. ¡Maldición eso no es ninguna evolución!

 

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