La felicidad es para los idiotas

César Vélez

La Mueca me odiaba, tanto así que escupía la comida que me servía ¿Qué le hice yo?, rumores dicen que me le comí a la hermana, y en el sentido sexual eso significa que la hembra estaba para merecer por estar para el pecado. A la Mueca no le duran los novios en cambio, debe ser por su mal genio o quizá los muerde a la hora de besar. Me recibió el otro día unos billetitos, pero me los devolvió en forma de empanadas vuelto flecos, tarde me dí cuenta de que me estaba comiendo la plata. El otro día iba yo con el Diablo al hombro, deseando armar pelea, la noche era demasiado oscura, y lo juro, que vi a la hermana de la mueca salir de un rincón y emboscar mi ruta, la besé y su beso me supo a cebolla larga, y la tiré en el primer potrero y la desnude y le acribillé el sexo, y ella solo succionaba y gritaba de la dicha. No sería hasta días después cuando la Mueca cambió y ya no me hacía cosas con la comida, es más me enviaba notas y hasta corazones, después supe que esa noche no fue a la hermana la que me abordo, sino la misma Mueca vestida como su hermana, no sentí rencor, ni nada, pues la Mueca tenía lo suyo, muy, pero muy adentro.

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