Un gramo más para la enfermedad

Emilio

La cuchara se calienta demasiado, hierve un líquido a punto de café, tiembla cuando aproxima la aguja – por inyectarse tanto un tipo perdió el brazo – le anunció – lo vi en una película – Pero sigue con su vicio, lleva una década así sin más alimento que agua y un poco de carne seca, ni se enferma, ni se queja, da envidia, se conoce los apodos de todos, pero da lástima su presencia, un cuerpo flaco y amarillo, unos ojos hundidos y una mente prominente – y eso que era uno de los mejores profesores de la academia – digo para asombrar más. Acabó consumido en su vicio apenas siendo una figura lastimera, la gente temía que en cualquier momento su alma emergiera de su cuerpo. Yo fui el único que se atrevió a acercarse para saber de él que se creía enfermo y solicitaba un gramo más para que todo deba pasar – ustedes son testigos de que asistir a un hombre en sus últimas horas no es delito – Pero hice mal porque ni todo el entrenamiento para soportar el dolor, ni todo el valor reunido surtieron en el instante cuando le pasaba la aguja y le decía adiós – adiós marinerito de la vida –

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