Tigres de la desobediencia

Emilio Suárez

Yo quería ser bueno; la sociedad siempre me empujo al mal.

Crecí escuchando como el amor se traduce en odio.

Sobre todo el amor humano.

Por eso en la tropa el amor al fusil superaba cualquier tipo de amor. Sin fusil eres hombre muerto. Nadie te guardará la espalda.

Era un amor en el que tocaba limpiar, lubricar, y tratar bien.

Sin embargo como todo tiene ese condicionamiento hacia su fin, cuando juré bandera fue la última vez que vi a mi fusil y al reclamarlo me dijeron que no era mio sino del Estado al que defendía. Supuse tenían razón porque qué hacía yo afuera armado, quizá sería un civil en extremo peligroso.

Sin embargo la primera vez que salí a la calle me sentí desnudo, frágil al extremo, miraba a la gente con desconfianza parecía que en un momento cualquiera de ellos iba a sacar una arma y a matarme.

Ese trauma me duro años, y solo se me quito cuando descubrí a un grupo de renegados que utilizaba un lapicero como arma y se atrincheraba bajo la literatura como fin estéril y confiado.

Este tipo de seres cuyo oficio de pensar y matizar la realidad era todo su oficio preferían lo espontáneo, lo  no complicado,  pero siempre iban a lo profundo por demostrar que en efecto la existencia es accidental y quizá el fin sea también un accidente en medio del camino.

 

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