Motel paradise

El Tapita

Alguien tendrá que hacer el resto.

Comienza a llover y ella con su traje de seda que al efecto de la humedad se hace trasparente.

– Este clima está loco

– Esperemos en aquel sitio… ¿Qué?…

– Pero es un sitio de aquellos…

– Es un motel y no vamos a entrar…

Pero entonces la lluvia no para y es tarde y hace frío y no pasa ni un taxi… y existen mil excusas para quedarnos allí pero ella no quiere porque dice “no es una cualquiera”, casi desato el infierno cuando me río de esa razón.

Solo se tranquiliza cuando soy yo quien me registro con un nombre falso y hasta me invento una firma, se me queda mirando mientras abro la puerta y le hago pasar primero, luego con las mejillas sonrojadas busca mirarme directo a los ojos y preguntarme:

– Tu ya has vendido a este sitio verdad?

Lo niega mi voz pero mis facciones lo afirman, pensé en decir algo siniestro confrontando el problema, los dos solo estábamos juntos por motivos laborales, reímos, nos acompañábamos, pero no habíamos concretado nada, y allí estábamos ella con la intención de pedir una habitación aparte y yo con la sensación de que la lluvia afuera era más soportable.

Salí para comprobar que la tormenta estaba en su auge y el sitio parecía abandonado en medio de todo, volví y el chico que atendía me sonrió y dijo algo que no entendí “le hice un favor”. Cuando regresé a la habitación ella estaba en la ducha y aproveché para dormitar en la cama un poco, ella salió y furiosa me notifico que no podía creer que en un lugar así no hubieran más habitaciones.

Se voltio y procuro con su cabello lanzarme gotas a la cara, mientras se acababa de secar, su cabello olía a manzanilla, me torturo cuando lanzo la toalla y mostró su curvilínea figura, portaba su ropa íntima y nada más. Y entonces las luces se apagaron, ella salto a la cama del susto cuando un trueno resonó, cayó a mi lado y grito. Pensé que era otro favor del chico que atendía el motel.

– Abrázame! – dijo luego dispuesta a una tregua.

Su vestido de seda empapado colgado en una silla, yo y mi chaqueta mal oliente en el suelo, y en mi mente la idea de que el amor es para los idiotas que no tienen otra cosa que hacer, y para el sexo solo hay que tener un poco de dinero extra.

– Anoche no paso nada – le dije al chico que atendía, solo se sonrío mientras varias puertas se abrían y salían parejas con sus cuerpos exudando un olor a jabón chiquito.

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