La sociedad de los Nadaístas de luto

EL TAPITA

Cuando habíamos remplazado la fe por la insolencia llegué con la idea que se me pego de un peludo poeta que en la era del 58 había inventado un inventico valga la redundancia. No escatime en elogios a un diminuto ser que había dejado ya la tierra en la era del 76 dos años antes de que yo naciera.

El Nadaísmo era a la vez problema y a la vez solución.

Para mi que no había hecho nada, ante todo, resulto encontrarme con algo más divertido que el trabajo metódico y escalonado.

Entonces los las novias de los beatos comenzaron a decir cosas como:

– ¿La literatura o yo?

Y las pobres se quedaban solas (pero no por mucho tiempo, porque como decía el César el Emperador para cada noche buena hay su marrano).

En plena sesión en donde me ovacionaron por haber traído de otro lado el Nadaísmo, inauguré mi amor por la nada y de paso dije que la aventura era peligrosa porque o bien se podía uno quedar estéril, calvo o para colmo de luto por siempre: la poesía había muerto y nuestras axilas y letras olían peor que carroña, había bien que comprender que cuando uno manifiesta su amor por algo o alguien le viene dando el culo a los demás (en el buen sentido).

Con el Nadaísmo marchamos atentos a los inconformes, a los materialistas, a quienes creen que existe la eternidad, y nosotros llevamos muchas resurrecciones, resucitamos en hijos anónimos, en letras insurgentes, en pensamientos extremos, en el miedo o la sensación, en la idea de que la vida esta por vivirse y es también digno callar a tiempo.

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