Los rebeldes de la machine gun # 3

El César

Unos puntitos atraviesan el cielo. ¡Son ovnis! dice el tartanguito. Parecen imbéciles les digo yo, son las balas de los comandos.

Micaela prende la vela y cuando se despide el Roger le abraza y en la frente le traza una cruz. Micaela y Roger tienen un bebé de meses, ella trabaja en las noches de Mesera del bar de la cuadra. Roger “hace encargos”, eso que escribí entre comillas quiere decir que cobra deudas ajenas que a veces por imposibles de saldar hay que levantarse con la vida del ingrato.

Hombre -Roger – le digo yo con una novia tan bonita y un crío de pañales no le apostara a esta guerra ¡ni loco! pero él dice que hay que rebuscarse el caldo.

Ahora le temen a la nueve milímetros, una escuadra que es automática y carga 16 tiros, no se envaina y es certera. Los demás tienen esos totes oxidados que escupen con chispas. Ya la tartamuda no la cogen porque sale cara la parranda, la tartamuda sepa usted es la metralleta. El changón sale económico y efectivo suena, y dispersa balin.

El Roger esta parado a lado de un poste, espía un negocio, cuando ve la plata segura arranca y cobra. ¡No me jodas! dice el otro queriendo decir ¡No me mates!. Esa noche no hubo bala.

Roger llega a cuidar a su hijito mientras Micaela se enfunda la minifalda, va de nuevo tarde, Roger piensa en que su mujer esta buena “no te demores” le susurra mientras le despide con una palmada en la cola.

Roger se queda mirando televisión. Afuera el silencio es siniestro.

 

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