Cuando la vida nos estorbe

Alexis Mendoza

César esta ebrio – …si me es posible destruiré el mundo… – dice encaramado sobre una mesa, los camajanes de la seguridad vienen a entablar el orden… La fiesta es aburrida, incluso hay unas chicas con unos mamelucos que se han desecho de sus sostenes y exhiben sus pechos pero la escena solo enciende a sus novios que son unos chicles. Al lanzarnos a la calle mi brazo gana alguna esquina que me causa una herida diminuta pero que sangra en forma exagerada, con la sangre en la fachada escribo un insulto: ¡al demonio todo!.

César se pone a cantar y llueve. Esta parece una fiesta de casados: aburrida. No hay vicio, cada quien se preocupa de su pareja y el licor se distribuye con una cautela enfermiza.

Una silueta para nosotros conocida se aproxima, es el cabo Emilio (o el optimismo), esta si es coincidencia, busco mi libreta para apuntar la hora y la fecha, no hay nada en mis bolsillos, los de adentro se han quedado con todo y el César no deja de cantar y por tanto la lluvia no para.

– Emilio, amigo  ¿tendrás un cigarrillo para amenizar el momento ?

Emilio ha dejado el vicio y a la novia en casa, se saborea el último beso que le dio esa noche más temprano, pero ni el pobre se aventura a imaginar lo que sucederá allí mismo y por lo mismo es que digo que las coincidencias no dejan de ocurrir por doquier…

César ha dejado de cantar y ahora se bebe las gotas del rocío de un plástico tirado por allí, estamos dispuestos ha fugarnos del sitio para buscar en dónde ir a dormir y de repente una pareja asoma entre besos y muestras de una ganas descomunales de un sitio para la perversión, todo normal hasta que Emilio se devuelve con una vocación de autoridad y toma a la chica por el brazo y la separa de un tipo cuya mueca de beso queda en el aire aspirando solo a ser golpeado por el puño de nuestro amigo y nosotros con una cara de ignorancia como si el mismo Dios hubiese aparecido ante nosotros. Ahhh! chilla la chica que resulto ser la novia de nuestro amigo y que él muy formal dejó en su casa dos horas antes… La fiesta salio afuera.

El César oscila entre el sueño y el equilibrio, yo no me pierdo la pelea, el chico contra Emilio, la chica contra Emilio, dos contra uno. El amor contra la traición. Pero Emilio tiene la ventaja porque esta entrenado para el combate cuerpo a cuerpo, pero no mente a mente. Por eso en segundos el amante pierde la pelea y queda tirado embarrado y con ganas. La chica chilla y se queja de dolores que no tiene, y mientras la distracción no para, yo aprovecho para ir por mi cartera y papeles, salgo dos minutos después con chaquetas, bolsos, billeteras con la promesa de devolver mañana lo que no es mio.

El César aboga por la chica y le dice a Emilio que no le pegue porque en estos tiempos el amor es así: fingido e infiel. Emilio finaliza todo con el cabello alborotado por los cuernos. Ya va amaneciendo y en el andén de un Psiquiátrico examinamos los artículos que he sacado del lugar – no hay nada mío – solo dinero, papeles y vicio. Donamos lo que podemos para los locos. César vuelve en sí y quiere matricularse en el Psiquiátrico, no le admiten, su alcoholemia lo denuncia ebrio, no loco. Con los pesos que sacamos compramos amor en honor a nuestro amigo Emilio, nos intoxicamos con sidra y a nuestras bellas acompañantes les compramos ropa interior que luego manchamos con nuestros chorros de semen y vómito.

Parece que la vida no cansará jamás.

Ni estorba, ni hace por hacer…

Nada.

 

 

 

 

 

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