Los héroes mueren primero, los cobardes después

Por MaLeja

El beso que me dio me supo a sangre, me trague el orgullo y lo besé como si aquel fuese el último beso, como si esa era la última vez que le miraba con vida. Así fue. Yo no suelo condicionar el amor, yo ya pasé por tantos recovecos y pienso cada quien tiene ya designado un destino. El mío era conocerlo y el de él irse para siempre. La sala de espera estaba repleta de gente, había un muchacho que por momentos recuperaba la conciencia y a veces la perdía, había una chica con ataques de epilepsia y otra chica más con un feo golpe en la cara: imagino propinado por su pareja. Nadie sabe que estoy aquí, nadie sabe que mi primer y único amor está camino a la sala de cirugía, ni mi esposo. Voy por un vaso de agua y mi mano tiembla y el mecanismo que suministra el agua no se detiene, estoy por renunciar… lloro y las lágrimas no ahogan mi tristeza, de repente alguien asoma un pañuelo enfrente de mí… ¿Puede esto ser casualidad?, allí está Alexis sonriente, no le había reconocido porque porta una gorra que le tapa el rostro cada que se inclina, adivino su amigo César está en problemas. Ni pregunto, solo veo que la enfermera lucha con un chico y en medio de todo el chico le quita la jeringa traslucida y se inyecta con la violencia con que metería un puñal en carne de otro. Mis lágrimas se han borrado y estos dos “amigos” causan en mí la impresión de que la vida es una carambola del destino y que no hay que ir a extremos para disfrutarla. Lo que me alegra de verles allí es que ni preguntan sobre el por qué estoy allí, simplemente se sientan y se dedican a hacer el hazme reír de todos los enfermos y el personal, César aún ebrio de tanto trasnocho se ha lesionado la nariz y un esparadrapo le sostiene el pedazo de piel, para él eso no es nada. Alexis coquetea con la Enfermera Jefe y  bromea fingiendo un ataque al corazón y tuerce los ojos y se tira al piso, la gente aplaude sus ocurrencias, hasta que algún Médico le ordena al personal de seguridad desalojar a los dos locos. Mi teléfono comienza a sonar y mi angustia a crecer, tres horas y luego la decepción, él no ha sobrevivido a la operación. Quiero gritar por el dolor en mi alma, me ahogo, por entre la gente busco la salida, entre la gente entrando reconozco a su mamá y su tía y sin duda saben ya la noticia, me escabullo para ir a un rincón en la oscuridad y es cuando la gente grita y ríe y dos tipos que conozco muy bien se trenzan en una batalla campal a puño limpio entre una multitud que apuesta y tiene por seguro que si alguno de los contrincantes cae el hospital le aguarda. Finaliza la pelea y los dos se han desfigurado las caras y me rescatan de mi lecho, y como si no hubiese pasado esa noche nada marchamos al compás de unos tangos. Mi esposo llama y le soy sincera:

– Esta noche ha muerto el amor de mi vida y me quiero embriagar –

 

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